Elegir es avanzar

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La vida está llena de posibilidades, continuamente nos encontramos opciones y caminos distintos que tomar. Sí o sí nos vemos abocadas a decidir, a elegir por qué sendero vamos a continuar y cuáles vamos a ir dejando de lado. Y así, decisión tras decisión vamos creando nuestro viaje particular.

Decidir, elegir, es parte intrínseca de vivir. No podemos quedarnos quietas, el movimiento es continuo, justamente lo único que no cambia es que siempre hay cambio, continuamente surgen nuevas situaciones y desafíos que conllevan elecciones, decisiones, y un aprendizaje inevitable.

Decidir es casi como pestañear, forma parte de nuestra cotidianidad. Las personas tomamos decenas de miles de decisiones al día: algunas son decisiones conscientes e importantes sobre el trabajo, las compras, las relaciones…, otras son más pequeñas y rutinarias: qué decir, por dónde ir, cuándo llamar o mirar el móvil…, y otras son micro decisiones más automatizadas que nuestro cerebro toma de manera menos consciente.

Y luego están las gordas, esas decisiones difíciles y no tan habituales que tienen un impacto importante en nuestras vidas y nuestros sistemas familiares o profesionales…por ejemplo, decidir divorciarse, cambiar de trabajo, tener un hijo o llevar a tus padres a una residencia.

Además, están esos momentos en la vida en los que ninguna de las posibilidades es buena o elegible pero no te queda más narices que optar por una de ellas. Ese es el momento de elegir la opción menos mala.

Y aunque lo hacemos constantemente, tomar decisiones no nos es fácil, de hecho muchas veces nos resulta dificilísimo. El proceso de decidir puede desgastar nuestra energía y agotarnos emocionalmente.

¿Y qué lo hace tan difícil? Creemos que lo difícil es elegir bien, pero en realidad lo que más nos cuesta es aceptar que cada decisión, tome la que tome, trae consigo una pérdida. Es inevitable Cuando eliges un camino, renuncias al otro. No puedes tenerlo todo, y ahí está la incomodidad.

Por eso muchas veces nos quedamos atrapadas en la indecisión, dando vueltas, analizando todas las opciones una y otra vez. Queremos la seguridad de que no perderemos nada, pero es imposible. Y no decidir también es decidir: es elegir quedarte donde estás, con todo lo que eso implica.De hecho, la indecisión desgasta mucho más que una decisión imperfecta.

Tomar una decisión es soltar algo para ganar otra cosa, es aceptar una pérdida para obtener una ganancia. Por eso la pregunta clave a hacerse es: ¿qué estás más dispuesta a perder?

Aceptar la pérdida es liberador: cuando asumimos que no podemos tenerlo todo, dejamos de sufrir y avanzamos con más facilidad.

Por eso, cuando tengas que tomar una decisión consciente, importante o difícil hacerte estas preguntas te puede ayudar:

¿Qué es lo que más importa en este momento?

 ¿Qué decisión se alinea más con los valores, prioridades y necesidades actuales?

 ¿Qué estás dispuesta a perder y qué te dará más paz interior?

Y después de responder no te olvides de escuchar a tu cuerpo, él sabe cuál es tu mejor decisión y el camino más adecuado en este momento. Ponte en las diferentes opciones y siente tus sensaciones corporales y tu emoción; si le escuchas, tu cuerpo te habla con mucha claridad.

Además, una vez tomada la decisión, no mires atrás, no cuestiones, no juzgues la decisión tomada, mira al frente, el camino sigue hacia delante, si quieres puedes tomar nuevas decisiones, ajustar o redirigir. Siempre hacia delante. Recuerda que ninguna decisión es perfecta, se trata de avanzar y seguir creando tu camino.

Virginia Espin

Si necesitas ayuda para tomar esa decisión, te podemos acompañar:

Terapia individual o coaching personal

Coaching profesional