Hablar sobre las mentiras

Decálogo para las mentiras

Si eres padre o madre es muy probable que hayas sentido ese vuelco en el estómago al escuchar la primera mentira de tu hijo/a. Es una mezcla de sorpresa, frustración y un miedo inevitable que nos susurra al oído: «¿qué estoy haciendo mal?». Nos duele el engaño, por pequeño que sea, porque abre una grieta en la confianza. Nos da pavor pensar que nuestro/a hijo/a pueda convertirse en un/a pequeño/a maestro/a del engaño.
Sin embargo, lo que hacemos en esos primeros momentos tras descubrir la verdad, define el futuro de la comunicación en casa. Si lo que buscas es que esta dinámica se instale para siempre en tu hogar y que tu hijo/a se vuelva un experto en ocultarla, solo tienes que seguir al pie de la letra estos (malísimos) consejos:

«DECÁLOGO PARA LAS MENTIRAS«

  1. Satura su día con un exceso de normas y límites.
    Prohíbe todo lo que se salga de la rutina establecida y no permitas que nunca se salte una norma, independientemente de las circunstancias y del sentido de ésta. Aunque tu hijo esté agotado y sean las 3 de la madrugada, tiene que lavarse los dientes antes de acostarse. Mantente firme con la norma de que las chuches solo se coman los sábados, aunque tu hija tenga un cumple un viernes y el resto de sus amigos/as estén comiéndolas. Si su necesidad es incompatible con una pauta inflexible, a pesar de que sea una situación excepcional, no tendrá más opciones que mentir para satisfacer su necesidad (descansar o sentirse una más entre sus iguales).

  2. Mantén expectativas irreales sobre su comportamiento.
    Espera que en cada momento de “lo mejor de sí” y enséñale continuamente cómo puede mejorar. Cada reto es una oportunidad para “aprender a hacer las cosas bien”. Así, cuando dibuje sus primeros monigotes con manos explícale cuántos dedos tiene que poner, corrígele cuando esté haciendo un puzle o cuando no haya pintado a sus personajes favoritos con los colores adecuados. Es la mejor manera de que pierda autoestima y seguridad en etapas tempranas y de que sienta que nunca es suficiente (uno de los motivos principales que llevan a los/as niños/as a crear una realidad paralela).

  3. Pon atención a sus errores.
    Cuando se le derrame la leche, se manche al comer o se le olviden los deberes, altérate, eleva la voz y pregúntale por qué lo ha hecho. Insístele en que tiene que poner más atención. Enfádate, suspira como si lo que acabase de hacer no tuviese remedio ni solución. Y lo más importante, arregla tú la situación sin darle la oportunidad ni la información para que aprenda a hacerlo. Ésta es la mejor manera de que empiece a sentirse bloqueado/a cuando algo no salga como esperaba y trate de justificarse y de ocultar sus errores a toda costa.

  4. Haz preguntas trampa de las que ya sabes la respuesta.
    Acércate y pregunta con tono inquisitivo: “¿quién ha roto este vaso?”, “¿quién se ha comido el yogur que necesito para hacer el bizcocho?” Al acorralar a tu hijo/a lo activas en modo de defensa y lo empujas a negar la evidencia para salvarse (ante la clara posibilidad de un enfado, es más rentable tratar de salvarse).

  5. Nunca premies el valor de la verdad tardía.
    Cuando sospeches una mentira, pregunta repetidamente sobre ello y reacciona con enfado al descubrir la verdad. Insiste en lo mal que hizo mintiendo. Si no reconoce la mentira en el primer instante, amenázale con un castigo. Y nunca valores ni refuerces positivamente cuando tu hijo/a reconoce una mentira y te dice la verdad. Sigue varios días molesto/a por lo que ha hecho. Conseguirás que nunca reconozca a tiempo que se equivocó y aprenderá que contar la verdad puede tener consecuencias demasiado desagradables para asumir el riesgo de ser sincero/a.

  6. Céntrate en la culpa.
    Cuando se equivoque, haz que se hunda ante el fallo cometido en lugar de enseñarle a solucionar lo que ha hecho mal. Asegúrate de que no tenga herramientas para reparar sus errores. Si tu hijo/a aprende que equivocarse es el fin del mundo (y no una oportunidad para aprender y reparar el daño), preferirá camuflar la realidad antes de enfrentarse a un fracaso definitivo.

  7. Utiliza interrogatorios dirigidos en vuestras conversaciones.
    Hazle preguntas capciosas, en las que tu respuesta está inmersa en la pregunta. “Con todo lo que estudiamos ayer, al menos habrás sacado un 8 o un 9 en mate, ¿no?” O, “a ti no se te ocurriría cogerle el anillo a la abuela, ¿verdad?” Aprenderá a decirte lo que cree que quieres oír (en lugar de decirte la verdad).

  8. Etiquétalo públicamente.
    En cuanto le/la pilles en la primera mentira ponle el cartel de mentiroso/a y cuenta sus mentiras a amigos/as y familiares. Al final, los/as niños/as/ tienden a convertirse en la etiqueta que les ponemos; si ya asume que es un/a mentiroso/a para ti, difícilmente tendrá la fuerza necesaria para demostrarte que no es así.

  9. Practica la mentira social.
    Pídele a tu hijo/a que mienta sobre su edad para subirse gratis al autobús o que no le cuente a la abuela que finalmente fuisteis al cine sin ella. Si ve que tú usas la mentira por conveniencia, entenderá que mentir es una herramienta válida para conseguir beneficios.

  10. Tómate su mentira como algo personal.
    Siéntete herido/a en tu orgullo y piensa que es un comportamiento que cuestiona tu autoridad. Mantente distante para que aprenda a valorar vuestra relación. Así aprenderá, una vez más, que es mejor callar y ocultar, que arriesgarse a decir la verdad y perder la complicidad y la buena relación con papá o mamá.

Obviamente, ningún padre/madre busca este resultado de forma consciente. Sin embargo, este decálogo nos demuestra que la mentira en la infancia no es habitualmente un problema de maldad o rebeldía, sino un mecanismo de supervivencia.
Los adultos mentimos. Ocultamos información, respondemos de manera vaga o directamente contamos algo que no es del todo cierto y, en ocasiones, hacemos cómplices a nuestros/as hijos/as; decimos que vamos en camino cuando estamos saliendo de casa o nos inventamos un compromiso si no queremos asistir a la comida anual de la empresa. Son pequeñas mentiras que no hacen daño real y que seguramente no tengan maldad, pero que se dicen por algún motivo: proteger nuestro verdadero sentir, quizá porque sospechamos que no va a ser entendido, que no va a ser respetado o porque tenemos miedo de que vaya a ser juzgado… Quién sabe. Pero éste es el mismo motivo que subyace en las mentiras de los/as niños/as: proteger lo que sienten, ya sea por miedo a no ser entendidos, aceptados, disculpados, o por un deseo que creen que no va a ser satisfecho.


Entonces, ¿qué podemos hacer?

No nos quedemos en la mentira, intentemos entender qué hay por detrás en cada una de ellas y hablemos de las circunstancias, desde la empatía, la conexión y la convicción de poder encontrar soluciones en común.
Si queremos cambiar la dinámica y fomentar la honestidad y la confianza, el camino no es endurecer la vigilancia, sino construir un espacio seguro donde la verdad, por muy incómoda que sea, nunca sea castigada con la pérdida de nuestro amor y comprensión.


Lidia Aguilera – Psicóloga

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